Modernización vs seguir reparando: cómo decidir qué conviene más en 2026
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No es una decisión menor, impacta en la seguridad, experiencia y valor del inmueble.
En muchos edificios de oficinas y de vivienda pasa lo mismo: los elevadores ya tienen más de 20 años, empiezan a fallar con mayor frecuencia y cada visita del técnico se vuelve parte de la rutina. Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿seguimos reparando lo que se va descomponiendo o ya es momento de pensar en una modernización?
No es una decisión menor. No solo afecta el presupuesto de este año, también impacta directamente en la seguridad de las personas, en la experiencia diaria de quienes usan el edificio y, a la larga, en el valor del inmueble.
¿Qué significa realmente modernizar un elevador?
Modernizar no es tirar todo y empezar de cero. En la mayoría de los casos se trata de actualizar los componentes clave: el sistema de control, la máquina de tracción o el grupo hidráulico, las puertas, los sistemas de seguridad y comunicación. El hueco, la estructura y muchas veces la cabina se mantienen.
Desde la perspectiva del ciclo de vida, un elevador suele llegar al final de su vida útil entre los 20 y 25 años, dependiendo del uso y del mantenimiento que haya tenido. Una modernización bien hecha puede extender su operación otros 15 o 20 años, pero con un salto importante en desempeño, seguridad y confiabilidad.
En Otis lo vemos con frecuencia: cuando un elevador ya es muy antiguo o ha estado fuera de servicio por periodos prolongados, no siempre es viable integrarlo directamente a un contrato de mantenimiento. Antes, es necesario evaluar una modernización. La razón es simple: actualizar componentes críticos permite recuperar la confiabilidad del equipo, reducir el consumo energético y volver a operar bajo estándares actuales. Todo parte de una evaluación técnica seria: antigüedad real, estado de los componentes y condiciones específicas del edificio.
Reparar hoy parece más barato… hasta que haces las cuentas completas
A corto plazo, reparar una falla puntual casi siempre parece la opción más económica. El problema es que, a partir de cierta edad, el elevador empieza a “pedir” cada vez más. Más visitas, más refacciones, más paros inesperados.
Publicaciones especializadas como Elevator World señalan que, después de los 20–25 años, las interrupciones de servicio y los costos de mantenimiento aumentan de forma significativa. En pocos años, es común haber gastado decenas de miles de dólares en reparaciones que no extienden realmente la vida útil del sistema.
Además, cuando se trata de equipos antiguos y propietarios, el costo total de propiedad puede dispararse. Estudios comparativos muestran que, a lo largo de 25 años, un sistema antiguo y propietario puede costar varios cientos de miles de dólares más que uno modernizado y no propietario, sobre todo por el precio de refacciones y contratos más rígidos. En la práctica, seguir reparando suele convertirse en un gasto constante que no resuelve el problema de fondo. La modernización, en cambio, concentra la inversión y establece una base mucho más eficiente para los siguientes años de operación.
El costo oculto de no modernizar: los riesgos
El dinero no es el único factor. Operar un elevador sin modernizar también implica riesgos reales. En países con un parque de elevadores muy envejecido, más del 50% de los equipos en servicio tiene más de 30 años, y son justamente estos los que concentran la mayor parte de los accidentes graves. Especialmente aquellos que siguen operando sin puerta de cabina, con sistemas de seguridad obsoletos o sin cortinas de luz en las puertas.
A esto se suma el tema normativo. Muchos elevadores instalados antes de estándares como la NOM-207-SCFI-2018 ya no cumplen con los requisitos actuales de seguridad y accesibilidad. Esto puede traducirse en inspecciones desfavorables, órdenes de paro y la obligación de hacer correcciones importantes para poder seguir operando.
Y luego está el factor reputacional, que a veces se subestima: atrapamientos frecuentes, desniveles entre cabina y piso, tiempos de espera largos o fallas en la iluminación de emergencia afectan directamente cómo residentes, usuarios o huéspedes perciben el edificio. Un elevador que falla comunica descuido, aunque el resto del inmueble esté bien mantenido.
Cómo una modernización puede elevar el valor del edificio
Un elevador moderno no solo se nota: se valora. Estudios en edificios residenciales, como algunos realizados en Beijing, muestran que la instalación o actualización de elevadores incrementa el valor de las viviendas, sobre todo en los pisos altos, que se vuelven mucho más atractivos al mejorar su accesibilidad. En mercados europeos, se habla de incrementos de entre 10% y 25% en el valor de la vivienda cuando el edificio cuenta con un elevador actualizado y accesible.
En oficinas y hoteles ocurre algo similar. La modernización ayuda a mejorar la ocupación y justifica rentas más altas. Los usuarios asocian un elevador moderno con buena gestión del inmueble, menor riesgo de fallas y una experiencia mucho más cómoda. Menos tiempos de espera, viajes más silenciosos, mejor eficiencia energética… todo suma, tanto en la operación diaria como en la percepción de inquilinos e inversionistas.
Un checklist simple para tomar la decisión correcta
Antes de decidir, conviene hacerse algunas preguntas muy concretas:
- ¿Cuántos años tiene el elevador?
- ¿Cuántas fallas o atrapamientos ha habido en los últimos 12 a 24 meses?
- ¿Cuánto se ha gastado en reparaciones mayores en los últimos 3 a 5 años?
- ¿Existen observaciones recurrentes en inspecciones de seguridad o accesibilidad?
Si el equipo ya supera los 20–25 años, requiere reparaciones costosas, muestra deficiencias de seguridad o simplemente ya no responde a las necesidades del edificio, la mayoría de los especialistas coincide en lo mismo: es momento de inclinar la balanza hacia una modernización bien planificada.
Al final, la pregunta no es solo cuánto cuesta modernizar. La pregunta de fondo es cuánto cuesta seguir sin hacerlo: en reparaciones que no terminan, en riesgos innecesarios y en valor que el edificio deja de capturar en un mercado cada vez más exigente.
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